 ...Desde aquí, tomamos un carril, donde iniciamos la primera subida, con alguna rampa que nos hace emplearnos a fondo, no tardaremos en parar por primera vez para comentar el recorrido desde otra perspectiva. Seguimos el camino, buscando la carretera de Torvizcón, que cogemos unos pocos kilómetros, es suave ascenso... Ver fotos.
| Destino: | 16/06/07 Subida al Tajo de Los Lobos en Berchules, Alpujarra granadina |
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| Salida: | Berchules |
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| Tiempo: | 6h 39' (Total) 4h 37' (Efectivo) |
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| Desnivel: | COTA MINIMA: 1140 m COTA MÁXIMA: 2575 m DESNIVEL ACUMULADO 1853 m |
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| Distancia: | 52,10 km |
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| Cuenta KM: | Dist: 53,51 Km - Vmed: 11,90 Km/h – Tiempo: 4:29:27 Vmax: 65,00 Km/h | | Track GPS : | Descargar |
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Resumen de ruta:El fin de semana ha empezado temprano y atropellado como siempre, sólo unos minutos después de salir del trabajo, ya estaba acomodando la bici en el coche y preparando el equipaje y todo lo necesario para echar dos magníficos días en la Alpujarra, después de tenerlo todo listo, cenar un bocadillo rápido y una buena ducha, puse rumbo al Suspiro del Moro, donde nos reunimos con Agustín y Antonio Gálvez y sus respectivas familias. Desde aquí, iniciamos el viaje hacia Bérchules, tras dejar en la lejanía la vista de Granada, pasamos al Valle de Lecrín, hoy Sierra Nevada es un escudo, mientras que sobre la capital las nubes tapan el sol, en la vertiente mediterránea, un cielo azul oscuro, que se va cenando el sol nos recibe. No tardamos en dejar la Autovía para empezar a hacer brazos con el volante, las innumerables curvas de estas carreteras no nos dejan un minuto de respiro, Lanjarón nos recibe aun con luz, al igual que Órgiva, pero en Torvizcón, la oscuridad ya ha inundado el valle del Guadalfeo, a cada cruce que pasamos, la siguiente carretera que nos recibe es mas estrecha, pero poco importa, vamos pasando los kilómetros y en casi dos horas, nos plantamos en nuestro destino. Aunque con poca luz, ya se adivina que Bérchules es un pueblo grande, casas chatas con tejados planos de pizarra, encaladas y de balcones ampliamente floridos se orientan hacia el sol, escalando por la ladera de la montaña. En la entrada del pueblo, estacionamos los vehículos, el reloj roza la media noche, casi es sábado, descargamos nuestras maletas, nuestras monturas y paseamos por las estrechas calles, hasta las casas donde Agustín no ha alojado, una de ellas, de una vecina al que se la ha alquilado, otra de su propia familia. Está feliz de tenernos por allí y con muchas ganas y preocupación de que todo salga bien. En un cobertizo adaptado a cochera, dejamos las bicis, bajo llave, pasarán la noche junto a un gallinero cercano, donde dormían los caballos antaño, ahí descansan nuestras “pura sangre”. Tras acomodar nuestras pertenencias en los respectivos cuartos, nos reunimos en la casa de Agustín para cenar un poco, vigas de madera que asoman en el techo, empinadas escaleras y un blanco impoluto en las paredes son el signo de identidad de la casa. En el piso de arriba un amplio salón con la cocina y una terraza adornada con un cielo limpio cargado de estrellas. Le sigue una cena Light, jamoncito, tortilla de patatas y pan con tomate y aceite, después un buen rato de charla, calentando en la mano un vaso con hielo y ron de Motril, hablando de muchas cosas, sintiendo el clima benévolo de la zona, la brisa trae humedad costera. A pesar de coger la cama tarde, la soltamos temprano, a las nueve y poco de la mañana, ya estamos en pié, desayunando y comentando la ruta de la tarde, si por la noche, la terraza era un mirador increíble, hacia el cielo, con la luz del día, todo ha cambiado, es lo mismo de espectacular, pero esta vez, los ojos se llenan de verde, de montes, barrancos, pequeños pueblos diseminados por la montaña, una maravilla, que cada vez que salgo a este lugar de la casa, no puedo evitar de llenarme de él. Cuando voy por el tercer desayuno, tras darle unas pocas de vueltas al mapa y mientras que llega el resto de compañeros desde Granada, Agustín nos invita a dar una vuelta hacia Fuente Agria en la base del barranco donde se asienta el pueblo. Con las botas puestas, junto al guía, a Galvez y Milagros, su mujer, descendemos por una pista, que en poca distancia nos lleva hacia un paraje junto al río, con mesas, tras subir unas cortas escaleras, una fuente nos recibe, el color de su taza, casi fluorescente, adivina el sabor metálico del agua que mana de su grifo. Cuando volvemos al pueblo, ya han llegado Alfredo y Carlos con sus familias y en breve, el resto de los compañeros que van a compartir el fin de semana, Juanjo, Zarcos y Blas, también con sus familias. Tras acomodar a los recién llegados en sus respectivas casas, llega el momento de vestirse de romano, coger las monturas y desplazarnos hasta el restaurante donde vamos a comer, en un pueblo cercano, a menos de un kilómetro y medio, un curioso restaurante, con una buena piscina, que parece fuera de lugar totalmente. Aunque el agua y el calor, invita a quedarse en la orilla de la piscina, nosotros andamos pensando en comer sin tardar mucho y tomar el manillar en breve. Mientras que los que allí dejamos se preparan para darse un bañito, tras comer, nosotros nos vamos montando en nuestras máquinas e iniciando la marcha, por una vereda, que entre bancales, acequias y sombra de árboles, salva un barranco y nos lleva hasta la otra ladera, sin perder ni ganar altura y jugando de vez en cuando con escalones, raíces, piedrecitas… una buena forma de comenzar. Aunque el primer problema técnico no tarda en aparecer y los cambios de Carlos empiezan a dar guerra, como siempre, a pesar de que todo el mundo da su opinión, acabo con los dedos llenos de grasa intentando solucionar el fallo, una vez solventado más o menos, continuamos. Desde aquí, tomamos un carril, donde iniciamos la primera subida, con alguna rampita que nos hace emplearnos a fondo, no tardaremos en parar por primera vez en unos riscos, para disfrutar del paisaje y comentar el recorrido que vamos a realizar desde una perspectiva un poco más lejana. Seguimos el camino, buscando la carretera de Torvizcón, que cogemos unos pocos kilómetros, es suave ascenso, para pasar junto al cementerio, nadie se quiere quedar aquí, todos deciden seguir, no tardamos en abandonar el asfalto e iniciar una pista de tierra, donde retomamos la ascensión, que no abandonaremos hasta ganar la cota dos mil. En este carril, que inicialmente está adornado, por pastizales abandonados, vamos ganando altura, empezamos a ver el mar, y aunque la ladera que hemos cogido, al mirar hacia arriba, asusta un poco, el altímetro del GPS no para de subir, esto marcha. Juanjo pincha y me quedo con él y con Zarcos mientras el resto continúa, no nos interesa que los niños paren mucho, así que tras repararlo, empujamos el ritmo un poco para llegar hasta el grupo. En breve, nos internamos en un bosque de pinos y poco a poco, se abre la perspectiva y el paisaje es cada vez más espectacular. Las pocas nubes nos permiten disfrutar de una temperatura perfecta, a pesar de que son las primeras horas de la tarde y de que el clima del mar se deja notar en esta vertiente. Casi sin enterarnos, llegamos a unos 1800 metros, donde el carril se cruza con otro que viene de Trevelez y comienza a mantener la altitud, subiendo levemente, por fin cambiamos el ritmo, el cuerpo pide plato, y se lo damos, algún cortijo aislado es el único resto de civilización que observamos, los pueblos los dejamos al fondo y arriba solo queda el perfil imponente del Picacho y de la cresta, que será nuestro destino. Llegamos hasta una barrera, donde dejamos el carril que traemos, al que volveremos en la bajada, pero antes de cogerlo, reponemos fuerzas y disfrutamos del paisaje, no sabemos que las vistas que nos esperan, son aun mas impresionantes, con la sensación añadida de que ya hasta aquí merece la pena todo lo que hemos hecho, así que todo lo que nos depare la ruta desde este punto, será un añadido que le dará mucho más valor. Tras reponer fuerzas, tomamos el nuevo carril, que consta de unos siete kilómetros de subida hasta nuestro destino, las rampas son duras y el piso está mas blando, así que hay que tirar fuerte de los pedales, pero ya se adivina que con lo que vamos a disfrutar al llegar, merece la pena el esfuerzo. A pesar de parar hace unos minutos, volvemos a detenernos, esta vez para rellenar agua en una cascada. Tras completar nuestras reservas de agua, continuamos subiendo, los dos pequeños acompañantes, regresan a la barrera para esperarnos allí y evitar la subida. Así nos aseguramos de que completarán la ruta sin problemas. El resto, apretamos los dientes e iniciamos el ascenso de forma progresiva, bajo la atenta mirada de un nutrido grupo de vacas, que salvo girar la cabeza, no hacen nada más que vernos pasar. En pocos minutos me quedo sólo, Antonio Gálvez es el único que me aguanta un poco el ritmo, a pesar de que voy tranquilo por que no conozco la subida, en una de las curvas, cuando llevamos un buen rato pedaleando, el paisaje manda y, con la excusa de agrupar a la gente, me paro a disfrutar del panorama… Continuamos curveando y escalando por la ladera, después del parón, Zarcos se pone delante, conoce el camino y lo que queda, así que va a dar el resto, a mi no me preocupa, le dejo que siga y yo mantengo mi ritmo, abandonamos el bosque para avanzar por la ladera pelada, se nota que vamos ganando mucha altura, casi vamos por los dos mil quinientos metros y ya vemos la cresta donde creo que termina el carril. Efectivamente, a lo lejos Zarcos deja la bici en el suelo y se asoma tras cuatro pasos a lo que hay detrás, en un momento, mi bici descansa con la suya y disfruto de las vistas que me han acompañado durante todo el camino, pero desde arriba. Una gran satisfacción me inunda, viendo el esfuerzo del resto de los compañeros que se acercan, lentamente, a los que animo a voces como siempre, Alfredo con su lento pedaleo inconfundible viene el último, pero empujando fuerte, no tardará en aterrizar. Todos juntos, nos asomamos al impresionante mirador, los ojos se me llenan de grandiosidad y el alma, de nuevo, me recuerda que soy pequeño, insignificante, un grano de arena en la inmensa playa que es la madre naturaleza. En lo hondo del enorme barranco, el río Trevelez y a su derecha al fondo, a bastante menos altura que nosotros, el pueblo que le da nombre, los dos mil ochocientos metros de nuestro balcón, nos acercan de una forma maravillosa al Mulhacén, la Alcazaba, el Puntal de Vacares y los grandes de Sierra Nevada, adornados por muchos ventisqueros, casi les toca el sol, así que no nos podremos deleitar durante mucho tiempo, por ello, mis ojos corren buscando los detalles para grabar en mi mente, salto hasta una piedra, aun más al filo, para llenarme sólo, de todo lo que me ha regalado la vida en este día. Apremiados por el tiempo, tomamos de nuevo las monturas e iniciamos el descenso, con la suspensión abierta y dando pedales, como siempre, en las dos primeras curvas, me quedo solo. El GPS me marca las curvas y poco a poco voy perdiendo altura, no se el tiempo que tardé en bajar, pero creo que no más de diez minutos. Un bajadón impresionante que disfruté como un enano. En la parte baja del carril, las vacas están en medio de nuestro camino, así que me toca torear un poco y espantarlas para poder pasar. Vuelvo a parar en la cascada para llenar agua, en un rato llega Carlos y mucho después el resto, que por lo visto han tenido problemas mas graves con las vacas. Aterrizamos en el carril inicial, e iniciamos el repecho que nos llevará a coronar la siguiente ladera, mucho mas ameno y suave, lo cogemos a buen ritmo y con ganas y en breve iniciamos un nuevo descenso, con los niños incorporados ya al grupo. De nuevo me quedo sólo en la bajada, para tomar la siguiente rampa, también suave y que se salva sin problemas, miro hacia atrás y disminuyo el ritmo para juntar a la gente, el sol, inexorable, se va perdiendo detras la ladera, se nos va a hacer de noche. Ganamos la siguiente cresta, toca iniciar el descenso final que nos llevará a Bérchules, al principio junto a un cortafuegos, que con toboganes, nos anima a darle mucha caña, vamos por la ladera en línea recta, aunque nos sorprenden algunas curvas interesantes, seguimos bajando a saco hasta un cruce, que tomamos a la derecha, los pinos, oscurecen aun mas el carril, gafas de sol fuera, vamos a llorar. Seguimos descendiendo, pero en el siguiente cruce nos detenemos, un poco más arriba ha pinchado el niño de Agustín, queda poca luz, así que empezamos a repartir los pocos LEDs que llevamos entre la gente que vamos y a organizarnos para afrontar la carretera. Volvemos a desviarnos para coger la ladera de la montaña, justo enfrente de Bérchules, oscurece rápidamente, y la gente con problemas de visión empieza a tener dificultades para mantener el ritmo de bajada. Antonio, va muy retrasado, ya con los LEDs encendidos y acompañado por Juanjo, yo me dejo caer un poco, y justo antes de llegar a la carretera, espera el grupo. Agustín se ha resbalado en una curva, pero sin consecuencias. Por fin, estamos en el asfalto, la noche ha caído justo al llegar aquí. Todos se han portado muy bien y yo voy feliz, por la ruta que nos hemos pegado, por las vistas, por ir fuerte, con ganas de pedalear mucho más y por llevar en una nocturna, aunque sea por carretera y por que han mandado las circunstancias, a nueve compañeros. Los que llevan LEDs se reparten por el grupo y en fila india, iniciamos el ascenso por asfalto a ritmo, de unos cinco kilómetros, que nos lleva hasta Bérchules, donde llegamos sobre las diez y media. Todos contentos y pletóricos por la gran experiencia que llevamos acumulada en este día. Aquí nos espera una buena ducha y una cena bajo la luz de las estrellas, Tallarines a la Putanesca, una buena sangría, que nuestros acompañantes nos han preparado con mucho cariño y dedicación, esperándonos impacientes. A la cena le acompañan los comentarios y explicaciones de la ruta a nuestros familiares. Después de la cena, con la copita, una buena clase de Astronomía de Antonio Gálvez, que además, con un poco de suerte, se le despeja el cielo y nos permite disfrutar del telescopio y de la visión de algún que otro planeta y fenómeno celeste, una pasada. Otra vez nos dan las tantas, antes de irnos a dormir, casi con pereza de dormir ya por el buen rato que hemos echado. Mientras que el domingo en la mañana yo pongo rumbo a la capital, el resto de compañeros permanecen para realizar una ruta a pié. De nuevo el grupo a demostrado ser una gran familia, mi más sincero agradecimiento y enhorabuena a nuestros anfitriones Agustín y Ana, han sido unos días maravillosos. Muchas gracias a todos los compañeros de pedales y sus acompañantes, es un placer disfrutar de vuestra compañía. Bérchules, ¡Volveremos! Perfil de la ruta  Perfil 2 de la ruta  | Alcutar | 15:30 | | | 1199 | | Hoya Herrera | 17:30 | 2:30 | 9,43 | 1768 | | Parados Ávila | 18:00 | 3:20 | 14,61 | 1964 | | Cruce Las Minas | 18:30 | 3:00 | 16,70 | 2004 | | Los Lobos | 19:45 | 4:15 | 23,42 | 2568 | | Cruce Las Minas | 20:30 | 5:00 | 30,38 | 2004 | | Cruz Caminos | 21:15 | 7:00 | 52,00 | 1291 | | Berchules | 22:30 | 9:00 | 49,18 | 680 | Mapa 1 de la ruta  Mapa 2 de la ruta  Ortofoto 1  Ortofoto 2  Ortofoto 3  Ortofoto 4  Ortofoto 5  Ortofoto 6  Autor: Ramon A. Serrano
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